lunes, 9 de julio de 2012

Pelis vs Series

Casi me meo de la risa cuando, hace unos años, empezaron a salir todas aquellas listas sobre las mejores películas de la década de 2000. No sólo por lo absurda naturaleza de esas encuestas (de eso ya hablaremos detenidamente en otra entrada), ni tampoco por la calidad de las cintas que estaban en los primeros puestos, que en algunos casos era vergonzosa (en otros era bastante más digna), sino por una certeza:

Lo mejor que se ha hecho en ficción a lo largo de los 12 años que llevamos de siglo, no se estrenó en una pantalla grande.

El mejor cine que se ha hecho en los últimos años no se pudo ver en una sala de cine, sino en la pantalla de un televisor (bueno, lo más correcto casi sería decir que en la pantalla de tu ordenador). Es un topicazo, lo sé. Porque la televisión, parafraseando a mi admirado Manuel Preciado, ni antes era la última mierda que cagó Pilatos, ni ahora es oro todo lo que reluce. Hay mucha serie normalilla, o mucha serie de mierda, que ha cogido el rebufo de otras que sí eran verdaderas obras maestras, como The Wire, Los Soprano, A dos metros Bajo tierra, o por qué no decirlo (aunque sus fans estén realmente cabreados), Lost. Y esto sólo por mencionar las que han abierto el camino para que ahora se tome en serio lo que se hace en la antes denostada "caja tonta".

Quiero decir, que una serie tenga sexo, palabrotas, y violencia explícita, no quiere decir que sea buena. Llama más la atención, eso sí, pero no es buena. Sin embargo, es cierto que muchas series han tomado la delantera a los largometrajes cinematográficos que se hacen hoy en día.

Me gustaría analizar los factores que, a mi juicio, han conseguido que este hecho se produzca.

La primera causa es clara, y viene de lejos. La evolución, o más bien involución, del cine de Hollywood. Lo curioso es que todo empezó en los años 70, considerada la última época dorada del Cine Americano, en donde los directores de cine asaltaron los grandes estudios y tomaron el poder de sus producciones (el llamado Nuevo Hollywood). Fue el momento de mayor libertad creativa en la industria, y de hecho, las series de hoy en día dicen beber de ese espíritu. Lo cierto es que estarían más cerca, en cuanto a organización, del Hollywood super estructurado de los años 40. Pero, temáticamente, sí se puede decir que series como Las mencionadas antes, estarían emparentadas con las películas dirigidas por los Coppola, los Scorsese, o los Bogdanovich.

Lo que no imaginaba Coppola, que había hecho El Padrino (y su secuela) con claros tintes autorales, y que hoy en día es considerada por todas las encuestas como la mejor película de la Historia, es que sería precisamente su obra la iniciadora de esta Involución. Bueno, maticemos eso. No fue la película en sí la que la provocó. Pero sí el sistema de distribución orquestado por el brillante jefe de Producción de la Paramount: Bob Evans.

Hasta ese momento, el sistema clásico de distribución americano era muy parecido al de una gira teatral. Las cintas se distribuían en salas de cine muy escogidas, siempre intentando que no compitieran con otras películas, o que no hubieran dos cines en una misma localidad que exhibieran el mismo título. Si, por ejemplo, vivías en Kansas, y una película como, por ejemplo, Lo que el viento se llevó, se estrenaba en Los Angeles, podían pasar meses hasta que el filme se estrenaba en tu localidad. Es más, se producía el fenómeno de muchas familias yendo al pueblo de al lado a ver una obra que aún no había llegado al cine de su vecindario. Si luego resultaba que, una vez estrenada, la cinta tenía buena acogida, podía durar meses en cartel. Por supuesto, era vital que tu producto fuera de calidad, porque de esa manera obtendrías un mayor beneficio económico. Si la película no gustaba, el público no iría a verla, y si no iba a verla, el dueño del cine buscaría otra que fuera capaz de llenarle la sala.

Evans decidió saltarse este sistema y reventar el mercado. Lo hizo presionado por Charles Bluhdorn, que era el presidente de Paramount. A pesar de que no tenía ni puta idea de cine, sí tenía clara una cosa: Quería beneficios. Y la mítica Paramount, que había llegado a sus manos después de absorber al grupo económico que la poseía, no le estaba generando ninguno. Así que Evans echó el resto: El Padrino no se estrenaría en un sólo teatro, ni siquiera en unos cuantos seleccionados, sino que lo haría simultáneamente en todas las ciudades y pueblos del país. La jugada le salió perfecta. Recaudaron más de 80 millones de dólares en todo el país, un doble récord: En cantidad de dinero recaudado, y en tiempo conseguido.

Esto dio pie a un nuevo sistema, que buscaba repartir la mayor cantidad de copias posibles en el mismo momento del estreno, para así abarcar un gran número de cines. Esto generaba que la vida comercial de las películas durara menos, pero también que se pudieran fabricar más (y no he usado un verbo erróneo). Se construyeron multicines que albergaran la masificada oferta y se creó una dinamo comercial donde imperaban las palomitas y los refrescos, auténticos captadores de adolescentes. Sólo hacían falta películas acordes con la nueva mentalidad. George Lucas, auténtico Darth Vader del cine de autor (fue uno de los instigadores del Nuevo Hollywood, antes de pasarse al otro bando), y sobre todo, Steven Spielberg, les dieron los títulos que necesitaban. El primero lanzó Star Wars, que elevó a los filmes de ciencia ficción, de la serie B a la primera línea de ataque. El segundo arrasó con Tiburón (Jaws), que recaudó casi 500 millones de dólares en todo el mundo. Ellos dieron pie a lo que han sido las tres décadas posteriores.

El cine americano se ha convertido, a base de efectos especiales, en un espectáculo de feria, al que los espectadores, cada vez menos silenciosos, y cada vez menos respetuosos con los que tienen al lado, van a pasárselo bien. A ver la misma película una y otra vez. El bueno, el malo, la tía buena, la secuencia de acción en la que no faltan explosiones, o el chiste del gracioso de turno.

De ahí la Involución, ya que hemos vuelto a los tiempos en los que Mélies rodaba escenas con trucos de montaje imposibles, que causaban la admiración del público. No me juzguen mal, considero a Mélies uno de los padres del cine, una de las personas que han hecho de él el arte que es. Lo que me parece mal es que hayamos vuelto a hacer las cosas de la misma manera. Martin Scorsese supo verlo perfectamente, en la meritoria La Invención de Hugo, donde se cuenta una historia que tiene entre sus protagonistas al cineasta francés, y que está rodada en tres dimensiones, el nuevo juguete de feria inventado para atraer a una masa de espectadores cada vez más alejada de las salas. Mélies colaboró a que el cine evolucionara, pero el 3D está remarcando su involución. No sé si esto es lo que quería mostrar el maestro Scorsese, pero desde luego, esa dicotomía subyace del visionado de la película.

Alguno estará con la mosca detrás de la oreja, porque sólo hablo del cine de Hollywood, como si no se hicieran buenas películas en el resto del mundo, que además no tienen ánimo de ser espectáculo de feria. Evidentemente tienen razón, se hacen grandes obras fuera de EEUU, pero eso no importa, porque a ellas también les acabó afectando el nuevo sistema de distribución del que les hablo. Al acabar imponiéndose los multicines sobre los teatros cinematográficos, éstos desaparecieron. El mayor ejemplo lo pueden ver en la Calle Gran Vía de Madrid, que antes estaba plagada de ellos, y donde ahora encontrar uno es tan difícil como buscar a Wally.

Pero lo realmente negativo no era eso, por mucha nostalgia que nos entre de esos días. Lo nocivo para la industria cinematográfica de muchos países fue que la mayoría de esos multicines pertenecían a multinacionales americanas, algunos incluso a productoras de allí, que colocaban (y aún lo hacen) sus películas por decreto. Por tanto, y centrándonos como ejemplo en el cine español, que ya de por sí no es un producto muy querido por sus ciudadanos (sí, aunque no lo crean, por los espectadores extranjeros), si encima le roban la mayor parte del espacio en la "estantería", pues difícilmente va a poder crecer una industria patria.

Por eso mismo, también el cine Europeo, y el cine occidental en general (Oriente es otro cantar), sufrió una Involución.


La Segunda Causa de que las series hayan superado a las pelis viene de que los productos de la pequeña pantalla han seguido el camino exactamente inverso. Una Evolución. En un medio como la televisión, preso desde su nacimiento de los intereses comerciales de las marcas que la patrocinaban, era complicado ver un producto bien hecho. Es decir, había cosas muy meritorias, pero la evolución de la calidad de las mismas fue extremadamente lenta.

Ciñéndonos al terreno de la ficción, series como Lucy (I love Lucy), o El Show de Dick Van Dyke fueron auténticos hitos para la televisión del momento, pero vistas con perspectiva, envejecieron demasiado pronto. Por supuesto, el bajo presupuesto de muchas de sus producciones, que nada tenían que ver con lo que se hacía en cine, colaboraba mucho en este deterioro. La inmediatez de cada producción también. Pero lo que realmente perjudicaba la calidad de los contenidos narrativos era el hecho de estar supeditados a las exigencias del anunciante de turno.

No nos engañemos, la tele era, y en su mayoría sigue siendo, una ventana publicitaria. Las series y programas no eran la parte vital de la programación, eran simplemente el gancho, el relleno para mostrar lo que de verdad generaba dinero: Los anuncios.  Los directivos de las cadenas se referían a los programas y series como "bloques de entretenimiento". De hecho, esa sigue siendo la jerga que utilizan gente como Paolo Vasile, o José Manuel Lara.

No obstante, las series de televisión siempre fueron un caldo de cultivo para personajes transgresores como Pedro Picapiedra (sí, no se extrañen, era un machista consumado que humillaba a su amigo Pablo), los médicos de M.A.S.H., Frasier, Seinfeld, Hommer Simpson y muchos otros. Coletazos de genialidad en un medio que se disfrutaba instantáneamente, pero que perdía su burbujeo con el paso del tiempo. Es decir, la tele era como ese diamante en bruto que nunca terminaba de ser explotado.

Y es que es complicado hacer una buena historia cuando su estructura acaba dependiendo de aquellos minutos en los que suele cortarse para ir a publicidad. Y más cuando tienes que edulcorar al máximo los contenidos, para que ningún anunciante indignado retire su participación económica.

Por suerte, llegaron los años noventa. Una década poco valorada, a la que se critica el hecho de no haber inventado nada. Pero lo cierto es que bajo el amparo de esos últimos coletazos del siglo XX, nació la nueva televisión. Nacieron las series de HBO, y todo cambió. Los Soprano y A dos Metros Bajo tierra dieron pie a nuevas series como The Wire, Sexo en Nueva York, o Roma, entre otras.

Esas series venían avaladas por un canal de pago, que obtenía sus beneficios de la gente que se suscribía a su oferta televisiva, y de retransmisiones deportivas "pay per view". No necesitaban anunciantes para financiar sus productos, así que cuando se lanzaron a realizar sus propias series, no tuvieron problemas para hacer las cosas como debían hacerse. Parecía de perogrullo, pero no lo era en la televisión del momento.

En lugar de censurar los contenidos de los diferentes creadores que tenían en plantilla, decidieron darles cancha para hacer algo que nunca se había visto antes: Televisión de alta calidad. HBO demostró que, no sólo se podía hacer, sino que el público la demandaba. Bajo la influencia de la cadena de pago americana, nacieron otros canales con el propósito de crear productos similares, como Showtime, o se resetearon algunos ya existentes como AMC.

Dexter, Mad Men, Lost, Breaking Bad, y muchas otras, surgieron para darle aún más brío a la oferta catódica (que cada vez lo era menos). Todas ellas series rompedoras, que no rehuían temas hasta ese momento tabú, como la homosexualidad, o que le daban una visión tridimensional a aspectos como la infidelidad, la lujuria, la muerte, los comportamientos sociopáticos, y muchos otros que hasta entonces sólo se veían en las películas Europeas. Los personajes que aparecían en los títulos antes mencionados no tenían que ver con ese Héroe de valores morales impolutos y de progresión estática que se veía en el cine.

Es cierto que aún se hacen buenas películas en la zona Independiente de Estados Unidos, y por qué no decirlo, en Europa. Pero las series les han tomado la delantera en lo que a profundidad se refiere. ¿Cómo no iban a hacerlo, si cada una de sus temporadas goza de un mínimo de 6 horas (y eso si tiene bajo presupuesto), mientras que un largometraje tiende a ser mutilado cuando sobrepasa los 120 minutos?

Encima, las series de HBO son de alto presupuesto. Cada capítulo de Los Soprano costó la friolera de dos millones de dólares. Cuando tu oponente no sólo te supera en la estructura de su guión, sino que la calidad de su imagen es casi tan potente como la tuya, poco tienes que hacer.

Y lo siento, pero la Trilogía del Anillo se queda en pañales cuando la comparas con una obra maestra como Juego de Tronos. Y The Dark Knight, considerada por muchos la mejor película en lo que llevamos de siglo, y de la que me declaro fan absoluto, no le llega a la suela de los zapatos a ninguna de las series punteras de HBO. Es más, ni siquiera los grandes filmes que ha hecho Clint Eastwood en estos primeros doce años de siglo, ni la constante y meritoria reinvención de sí mismo que hace con cada proyecto el consagradísimo Lars Von Trier, pueden compararse con la calidad y el bagaje narrativo de series como Los Soprano, o The Wire.

Es verdad que comparar medios audiovisuales es absurdo, pero la Televisión lleva siendo demasiado tiempo humillada por su hermano mayor el Cine, así que puedo entender que haya cierto revanchismo entre los profesionales del sector, que no dudan en sacar pecho, ahora que pueden.

La Tercera Causa la tienen en el medio más odiado por todos los profesionales consagrados del audiovisual: Internet. ¿Por todos? quizá por unos más que otros. Piénsenlo bien. ¿A quién perjudica más que haya descargas ilegales, al cine o a la televisión? Pues hombre, todo tiene sus matices, pero está claro que el más perjudicado es el mercado de largometrajes, puesto que sus presupuestos son bastante superiores a los de las series de televisión, y puesto que por cada persona que descarga una película, su productora deja de percibir una media de 5 a 10 euros.

En la tele, lo cierto es que los anunciantes pagan mucho más por veinte segundos de espacio en los intermedios, que lo que abona un espectador medio de cine, pero con una salvedad. La tele es siempre gratis para los espectadores. Por tanto, si alguien de, pongamos, Italia, se descarga un capítulo de una serie americana, no les preocupa tanto. A los anunciantes americanos les da igual, porque su público objetivo no está en Europa. Y a los canales en cuestión les beneficia, porque no hay forma más gratuita de publicidad. Han habido muchas series en España que han forjado su reputación en la red, hasta que finalmente algún canal puntero decide ponerlo en su parrilla (el último ejemplo es el de Sherlock, aunque en este caso se trate de una serie inglesa).

Si hablamos de canales de Pago, como HBO, es mucho mejor. Porque ellos no necesitan de anunciantes. A HBO sólo le interesa vender su propia marca. Así que Internet es un hervidero publicitario que acaba generando enormes ingresos. De hecho, una serie que le ha otorgado gran prestigio, The Wire, no tuvo gran acogida durante su programación. Hasta que finalizó la tercera temporada, ni siquiera era una serie de culto. Pero lo curioso es que su fascinación crece y crece cuantos más años pasan desde la emisión de su último capítulo. La serie tiene cada vez más fans, y a los fans, benditos ellos, les gusta coleccionar cosas que tengan que ver con ella, como por ejemplo, los cofres de DVD con los capítulos de cada temporada, o los recopilatorios de toda la serie. El propio David Simon, su creador, reconoce que la serie da más ingresos ahora que cuando estuvo en antena, gracias a lo mencionado antes.

El cine no puede decir lo mismo. El empecinamiento de la mayoría de productoras por mantener su anterior sistema de ingresos, en lugar de asumir que el mercado ha cambiado, no ha hecho más que perjudicarles. Ahora parece que mucha gente avispada empieza a idear formas de ganar dinero con la red, pero al principio lo que hicieron fue enrocarse, perseguir a los usuarios de internet, y encarecer cada vez más las entradas. Es obvio que esto no les ha dado resultados.

Pero más obvio aún es que, hoy en día, un espectador que quiere disfrutar de una historia, prefiere ver las pelis o las series en la pantalla de su ordenador, o en sus televisores de cuarenta pulgadas. ¿Para qué ir a una sala de cine donde tienes que soportar al gilipollas de turno haciendo alguna gracieta, o al tonto del culo que se ha dejado encendido el móvil, o peor aún, a la chavalada que está más preocupada porque no le exploten las hormonas que de la película?

Además, Internet ha dado cabida a un nuevo tipo de espectador. El devorador de imágenes, que se traga series completas de horas y horas. Que se inyecta en vena los capítulos, como cuando estás leyendo un libro que te tiene cogido por los huevos y no te suelta hasta que lo terminas.

Sabiendo esto, los canales de televisión han tomado la delantera, ofreciendo el grueso de sus contenidos en sus respectivas páginas web.

Hasta que las productoras de cine no se den cuenta de que Internet no es el futuro, sino que ya es una realidad aplastante, y sobre todo, hasta que no comprendan que el espectáculo de feria acabará por convertirles en marginales, las series seguirán dándoles sopas con ondas, en lo que a calidad se refiere.

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